viernes, 18 de julio de 2014

SAN PABLO MODELO DE FE



San Pablo modelo de fe 

I.       La Palabra de Dios
La fe de san Pablo “no es una teoría, una opinión sobre Dios y el mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios en su corazón. Y así esta misma fe y amor por Jesucristo”[1]. La fe y el amor que san Pablo ha experimentado por Jesucristo, los vemos descritos en su carta dirigida a la comunidad de los Filipenses. Por lo que proponemos el texto de Fil 3,1-11, para reflexionar sobre san Pablo como modelo de fe. Allí san Pablo narra la sacudida que le provocó la revelación de Cristo. En este texto, la conversión no viene narrada como en Gal 1,15.16, ni como lo hace el evangelista Lucas en los Hechos de los Apóstoles  (cf. 9, 3-19; 22, 6-16 y 26, 12-18); aquí se pone en claro que ese acontecimiento fue la pieza clave que provocó que un hebreo, cuya estirpe que se remonta a Benjamín y a Jacob, descubriera lo poco que eso importaba… ante el encuentro con Dios.
Fil 3,1-11
«1Mientras tanto, hermanos míos, alégrense en el Señor. A mí no me cuesta nada escribir las mismas cosas, y para ustedes es una seguridad. 2¡Cuídense de los perros, de los malos obreros y de los falsos circuncisos! 3Porque los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que ofrecemos un culto inspirado en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, en lugar de poner nuestra confianza en la carne, aunque yo también tengo motivos para poner mi confianza en ella. 4Si alguien cree que puede confiar en la carne, yo puedo hacerlo con mayor razón; 5circuncidado al octavo día; de la raza de Israel y de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, un fariseo; 6celoso perseguidor de la Iglesia; y en lo que se refiere a la justicia que procede de la Ley, de una conducta irreprochable. 7Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. 8Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo 9y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. 10Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, 11a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.»

La fe para san Pablo es una respuesta solícita al llamado de Dios (cf. Gal 1, 16). Es la respuesta a una persona, no a un mandato. Es la aceptación de un mensaje que se nos ha revelado. La fe es confianza en esa persona (cf. Fil 3,7). Es un acto, fruto de una decisión. Es la actitud de mantenerse fiel, asumida después de haber decidido (cf. Gal 3, 1-4; 13-14; 4, 3-7). 
San Pablo mismo se propone como modelo de fe, cuando dice a los creyentes: “imiten mi ejemplo” (Fil 3,17).  Él se pone como modelo de respuesta al llamado de Jesucristo el Hijo de Dios, quien con su vida, dio ejemplo de respuesta total al llamado de Dios. 
            En la carta a los Filipenses san Pablo dice a los creyentes que la manera de corresponder a la llamada de Dios es teniendo los mismos sentimientos, las mismas actitudes y la misma forma de obrar de Cristo (cf. Fil 2, 1-5). La humildad, es el ejemplo o forma, en que el cristiano se asemeja más a su Señor y el himno cristológico presenta el esquema de “humillación – exaltación”,  con el que podemos ver claramente, que delante de la gloria va la humillación:
«6El, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
7 al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
8 se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
9 Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
10 para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
11 y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
“Jesucristo es el Señor”» (Fil 2,6-11).

Ahora bien, san Pablo plasma estos sentimientos, actitudes y acciones en su imitación (mimetés) de la forma de obrar de Jesús (Fil 3,4-11). Lo que era ganancia y que ahora considera una pérdida, son aquellos factores familiares, étnicos, sociales, religiosos, que se mencionan en los vv. 4-7. Lo que ahora es ganancia es el conocimiento de Cristo, Jesús mi Señor (v.8; cf. 1,21). El conocer  no es un saber intelectual. Es el conocer típico del Antiguo Testamento, en relación con la obediencia; es tener la Ley inscrita en el corazón, que es la sede de los afectos y decisiones (cf. Os 4,1). El conocimiento de Cristo es tener experiencia del amor y fidelidad de Dios.
            San Pablo  ha perdido todo (v.8), ha dejado de ser quien era antes, ha dejado sin valor todo lo anterior, más aun, todo lo tiene por estiércol con tal de ganar a Cristo. Y vivir unido a él con una salvación que no procede de la ley, sino de la fe… (v.9). San Pablo, ya había aludido a cumplir la ley con la confianza en nosotros mismos (cf. 3,4). Lo que verdaderamente salva es la unión con la persona que nos vincula con el Padre, la fe en Cristo Jesús, porque el creyente no vive para sí mismo, sino para saberse amado y perdonado, al estar unido y creer en el Hijo de Dios que se entrego a sí mismo por todos los hombres (cf. 2,5-8). De esta manera conoceré a Cristo y experimentaré el poder de su resurrección… (vv. 10-11). Aceptar a este Hijo de Dios, es entrar en una profunda relación de identificación y seguimiento de Cristo, en su entrega hasta la muerte, para ser también conformados a él en la resurrección (cf. 1,29-30; Rm 8,32).

El cristiano puede responder al llamado de Dios imitando a Cristo y a san Pablo (cf. Fil 3, 12-21; Gal 1, 16; Fil 2, 1-5; 2, 6-11; 3, 1-11). Si nosotros nos hacemos semejantes a Dios, el nos hará semejantes a él, Fil 3, 20-21:
«20En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. 21 El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.»
II.                El Magisterio
El Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del año dedicado a san Pablo, abordo el tema de san Pablo y los Apóstoles en relación con el seguimiento de Jesús. Estas relaciones estuvieron siempre marcadas por un profundo respeto y por la franqueza que en san Pablo derivaba de la defensa de la verdad del Evangelio. Aunque era prácticamente contemporáneo de Jesús de Nazaret, nunca tuvo la oportunidad de encontrarse con él durante su vida pública. Por eso, tras quedar deslumbrado en el camino de Damasco, sintió la necesidad de consultar a los primeros discípulos del Maestro, que él había elegido para que llevaran su Evangelio hasta los confines del mundo.
            En la carta a los Gálatas san Pablo elabora un importante informe sobre los contactos mantenidos con algunos de los Doce: ante todo con Pedro, que había sido elegido como Kephas, palabra aramea que significa roca, sobre la que se estaba edificando la Iglesia (cf. Ga 1, 18); con Santiago, “el hermano del Señor” (cf. Ga 1,19); y con Juan (cf. Ga 2,9). San Pablo no duda en reconocerlos como “las columnas” de la Iglesia. Es significativo el encuentro con Cefas (Pedro), que tuvo lugar en Jerusalén: san Pablo se quedó con él 15 días para “consultarlo” (cf. Ga 1,19), es decir, para informarse sobre la vida terrena del Resucitado, que lo había “atrapado” en el camino de Damasco y le estaba cambiando la vida de modo radical: de perseguidor de la Iglesia de Dios se había transformado en Evangelizador de la fe en el Mesías crucificado e Hijo de Dios que en el pasado había intentado destruir (cf. Gal 1,23).
            ¿Qué tipo de información sobre Jesucristo obtuvo san Pablo en los tres años sucesivos al encuentro de Damasco? En la primera carta a los Corintios podemos encontrar dos pasajes que san Pablo había conocido en Jerusalén y que ya habían sido formulados como elementos centrales de la tradición cristiana, una tradición constitutiva. Él los transmite verbalmente tal como los había recibido, con una fórmula muy solemne: “Os transmito lo que a mi vez recibí”. Insiste, por tanto, en la fidelidad a cuanto él mismo había recibido y que transmite fielmente a los nuevos cristianos. Son elementos constitutivos y conciernen a la Eucaristía y a la Resurrección; se trata de textos ya formulados en los años treinta. Así llegamos a la muerte, sepultura en el seño de la tierra y a la Resurrección de Jesús (cf. 1Co 15, 3-4).

III.       Palabra del Fundador
«San Pablo fue modelo en la fe. Cuando en el camino de Damasco, apenas caído del caballo, oyó la voz del Maestro que le dijo: ‘Yo soy Jesús a quien tú persigues’, ya no dudó de la verdad de la religión cristiana y llevó su fe hasta los extremos confines de la tierra. La anunció a los pastores de la llanura, a los habitantes de las montañas, a los pueblos de entonces: gálatas, corintios, tesalonicenses, efesios, y su voz se oyó en Atenas y en Roma, en Jerusalén y en todo el Oriente.
Su doctrina era tan clara, su fe tan viva que conquistaba y, a la vez persuadía; por lo que con razón exclamó san Juan Crisóstomo que san Pablo llevó a todos los pueblos en el corazón, y más bien le faltaron a él los pueblos que no él a los pueblos.
Tuvo, pues, una fe firmísima, una esperanza segura, una caridad ardiente: ¿Quién me separará del amor de Cristo? Animoso y contento, salió al encuentro de la espada y de la muerte, espada y muerte le rindieron un buen servicio pues le unieron más íntimamente a Jesucristo»[2].
            Lo que esencialmente ocurre en Damasco es, dicho con una fórmula tradicional pero que puede expresar muy aproximadamente la experiencia, que Saulo reconoce a Cristo como su Señor en todo el sentido que ese reconocimiento tenía. Tal reconocimiento no está cargado en primer término de ideas, sino que es otra cosa más global, personal, afectiva.
            En otras palabras podemos decir, que Pablo comienza a creer en el Señor Jesucristo, que pasa a la fe en el Hijo de Dios, “que me amó y se entregó a la muerte por mi” (Gal 2, 20). Saulo se convierte en cuento que cambia de vida y enfoca su existencia desde Jesucristo.
            Para lograr que la vida religiosa sea un paraíso en la tierra,  necesitamos una fe que nos haga ver siempre a Jesucristo en los hermanos[3]. Además, la fe, es el elemento decisivo y esencial para que alguien esté en Cristo. La característica inicial y más clara para poder hablar de que un ser humano está en Cristo es que crea. Que sea creyente es lo que cambia a una persona de estar sin Cristo a estar con Cristo.
            Se puede comenzar diciendo que la fe es lo que distingue a cristianos de no cristianos, a creyentes de no creyentes. Es su fuente de identidad. La importancia de la fe, del creer, resulta evidente, y casi no es preciso ponderarla. Ya desde el comienzo de su correspondencia aparece la fe como la respuesta humana al anuncio del Evangelio que Pablo reconoce en sus cristianos y por la que da gracias (1Tes 1, 3.7.8).
            ¿Por qué San Pablo es tan grande? ¿Por qué hizo obras tan maravillosas? ¿Por qué año tras año su doctrina, su apostolado, su misión en la Iglesia de Jesucristo son siempre más  conocidos, admirados y celebrados? Él es uno de aquellos santos que día con día rejuvenecen, dominan, conquistan: ¿por qué? La respuesta hay que buscarla en su vida interior. Allí está el secreto.
«Decía san Agustín: ‘Fe es creer lo que no ves’, o sea admitir una verdad, no porque se la entienda sino por el testimonio de otro; en este caso es Jesucristo mismo quien habló predicando y hoy habla por medio de la Iglesia. Las verdades de la fe tienen una seguridad absoluta.
La fe es el fundamento de la vida espiritual: ‘Fundamento y raíz de toda justificación’ (Concilio de Trento). ‘Sin fe es imposible agradar a Dios y alcanzar su gloria: quien se acerca a él debe creer que existe y que recompensará a quienes le buscan’ (cf. Heb 11,6).
Los dones de la ciencia, de la inteligencia y de la sabiduría tienen en común que nos dan un conocimiento experimental o casi experimental, pues nos hacen conocer las cosas divinas no por razonamiento sino en fuerza de una luz superior que nos las presenta como si tuviéramos experiencia de ellas. Esta luz comunicada por el Espíritu Santo es ciertamente la luz de la fe, pero más activa e iluminadora de lo habitual.
El don de la ciencia nos hace juzgar rectamente de las cosas creadas en sus relaciones con Dios. Se define así: un don que, por la acción iluminadora del Espíritu Santo, perfecciona la virtud de la fe, haciéndonos conocer las cosas creadas en su relación con Dios»[4].
La fe, es la raíz de toda santificación y de todo apostolado y de toda estabilidad. Por ello, la vocación nace de una fe viva, y se sostiene y activa si ésta se hace cada vez más iluminada, sentida, practicada. El apostolado es irradiación de Cristo y de la verdad, de la moral y del culto enseñados por él. Depende de Dios el fruto del apostolado, para que las almas acojan el mensaje y se adhieran, porque la ciencia abre el camino a la fe, pero no es la fe; y para que el apóstol trabaje con mérito: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5)[5].

IV.       Actualización
1. ¿Cuáles son las actitudes, valores de los que san Pablo se siente orgulloso antes y después de su encuentro con Cristo? ¿Cuáles son los sentimientos que nos unen a Cristo y reflejan la unidad en la fe?
¿Nuestra fe refleja el conocimiento que tenemos de Dios? ¿Con qué actos concretos demostramos nuestra fidelidad a la Palabra de Dios?
2. San Pablo vivió su proceso de conversión cada momento de su vida. ¿Nosotros hoy cómo vivimos la conversión personal y comunitariamente?
3. ¿Qué resonancia tiene en mi vida, el ejemplo de fe, entrega y servicio de san Pablo?

V.        Bibliografía
1. Sagrada Escritura
 RAMIREZ, Francisco, Gálatas y Filipenses, Navarra 2006.
2. Magisterio de la Iglesia
Benedicto XVI, Discurso en la Basílica de San Pablo de Extramuros, durante las Vísperas de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo en 2008.
3. Escritos del Fundador
ALBERIONE Santiago, Ut perfectus sit homo Dei, San Pablo, Roma 1998.
-------------------------, Alma y cuerpo para el Evangelio, San Pablo, Roma 2005.
-------------------------, El apóstol Pablo, inspirador y modelo, San Pablo, Roma 2008.
4. Carta del Superior General de la SSP, Agosto de 2012.



[1] Benedicto XVI, Discurso en la Basílica de San Pablo de Extramuros, durante las Vísperas de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo en 2008.
[2] ALBERIONE Santiago, El apóstol Pablo, inspirador y modelo, San Pablo, Roma 2008, 244.
[3] Cf. ALBERIONE Santiago, Ut perfectus sit homo Dei, San Pablo, Roma 1998, 221.
[4] ALBERIONE Santiago, Alma y cuerpo para el Evangelio, San Pablo, Roma 2005, 40.
[5] Cf. Íbidem, 196.

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