sábado, 5 de julio de 2014

SAN PABLO UN CORAZÓN LLENO DE AMOR POR CRISTO MODELO DE SEGUIMIENTO


San Pablo
un corazón lleno de amor por Cristo
Modelo de seguimiento



I.         La Palabra de Dios
San Pablo es uno de los personajes más fascinantes del NT. Toda su vida estuvo orientada por la fidelidad a Dios, pues antes de encontrar a Jesucristo en el camino de Damasco él ya era un enamorado del Dios de su pueblo, Israel (Fil 3,5-6). Este encuentro personal con Cristo ha clarificado el sentido de su vida hasta el punto que lo lleva a decir: “todo es pérdida, ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil 3, 8). San Pablo en la carta a los Filipenses deja ver que su corazón es el de una persona enamorada de Cristo, a ninguna otra comunidad expresa sus sentimientos como lo hace con esta pequeña comunidad que ha acogido el mensaje del Evangelio (cf. Fil 2, 1-5).

El ejemplo de Cristo propuesto por Pablo a la comunidad es el de seguir una vida coherente con el Evangelio ¡que es Cristo mismo! no son ideas o contenidos abstractos, sino asumir una relación vital con la muerte y resurrección de Cristo, el Señor. Así que estar en comunión con Cristo es estar en comunión con el Evangelio y con quien lo comunica (Fil 1, 5)[1].
Pablo sigue a Cristo con una fe activa y dinámica en cualquier circunstancia y a pesar de las dificultades que la misión presente ¡Él es su ejemplo! (Fil 1, 14). En la carta a los Filipenses, Pablo alerta a los cristianos del peligro de encontrarse en medio de un mundo pagano, quizás con la tentación de adherirse a otros señores (Fil 3, 20) cuyo estilo de vida es diverso, pasajero y mundano. Por eso exhorta a los Filipenses diciendo: “nada hagáis por ambición o por vana gloria, sino con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo” (Fil 2, 3)[2]
San Pablo ha asumido en su persona el Señorío de Cristo y su vida misma es ejemplo para los Filipenses; para nosotros paulinos y paulinas, el reto es seguir a Cristo y llegar a decir: “para mí la vida es Cristo y la muerte  una ganancia” (1, 21).
Magisterio[3]
En el camino que estamos recorriendo bajo la guía de san Pablo, queremos ahora detenernos en un tema que está en el centro de las controversias del siglo de la Reforma: la cuestión de la justificación. ¿Cómo llega a ser un hombre justo a los ojos de Dios? Cuando Pablo encontró al resucitado en el camino de Damasco era un hombre  realizado: irreprensible en cuanto a la justicia derivada de la Ley (cfr. Fil 3,6), superaba a muchos de sus coetáneos en la observancia de las prescripciones mosaicas y era celoso en conservar las tradiciones de sus padres (cfr. Gal 1,14). La iluminación de Damasco le cambió radicalmente la existencia: comenzó a considerar todos sus méritos, logros de una carrera religiosa integrísima, como “basura” frente a la sublimidad del conocimiento de Jesucristo (cfr. Fil 3,8). La Carta a los Filipenses nos ofrece un testimonio conmovedor del paso de Pablo de una justicia fundada en la Ley y conseguida con la observancia de las obras prescritas, a una justicia basada en la fe en Cristo: había comprendido que cuanto hasta ahora le había parecido una ganancia, en realidad frente a Dios era una pérdida, y había decidido por ello apostar toda su existencia en Jesucristo (cfr. Fil 3,7). El tesoro escondido en el campo y la perla preciosa en cuya posesión invierte todo lo demás ya no eran las obras de la Ley, sino Jesucristo, su Señor.
La relación entre Pablo y el Resucitado llegó a ser tan profunda que le impulsó a afirmar que Cristo no era solamente su vida, sino su vivir, hasta el punto de que para poder alcanzarlo incluso la muerte era una ganancia (cfr. Fil 1,21). No es que despreciase la vida, sino que había comprendido que para él el vivir ya no tenía otro objetivo, y por tanto ya no tenía otro deseo que alcanzar a Cristo, como en una competición atlética, para estar siempre con Él: el Resucitado se había convertido en el principio y el fin de su existencia, el motivo y la meta de su carrera. Sólo la preocupación por el crecimiento en la fe de aquellos a los que había evangelizado y la solicitud por todas las Iglesias que había fundado (cfr. 2Cor 11,28) le inducían a desacelerar la carrera hacia su único Señor, para esperar a los discípulos, para que pudieran correr a la meta con él. Si en la anterior observancia de la Ley no tenía nada que reprocharse desde el punto de vista de la integridad moral, una vez alcanzado por Cristo prefería no juzgarse a sí mismo (cfr. 1Cor 4,3-4), sino que se limitaba a correr para conquistar a Aquél por el que había sido conquistado (cfr. Fil 3,12).
A causa de esta experiencia personal de la relación con Jesús, Pablo coloca en el centro de su Evangelio una irreducible oposición entre dos recorridos alternativos hacia la justicia: uno construido sobre las obras de la Ley, el otro fundado sobre la gracia de la fe en Cristo. La alternativa entre la justicia por las obras de la Ley y la justicia por la fe en Cristo se convierte así en uno de los temas dominantes que atraviesan sus cartas.


II.      Palabra del Fundador
Decía muy bien Mons. Jeremías Bonomelli (1831-1914): “Si conociéramos el bien que hizo al mundo san Pablo, especialmente a nosotros los descendientes de los gentiles, si leyéramos la vida, las obras, las cartas… ¡cuánto más le rezaríamos, le amaríamos y le imitaríamos! De él aprenderíamos dos virtudes que son el fundamento del cristianismo: el amor a Jesús y el amor que se dará a ver en el celo por el prójimo”[4].

Celebremos devotamente la fiesta de san Pablo el 30 de junio: será una buena ocasión para dar a conocer al gran apóstol. Difundamos asimismo su imagen e invoquémosle como protector de la Buena Prensa. Es también utilísimo explicar las Cartas de san Pablo, al menos una vez. Se hace ya sustancialmente en algunas parroquias, donde cada 5 ó 6 años, en vez del Evangelio, se le explica al pueblo la epístola de la Misa: y la epístola es casi siempre un paso de las Cartas de san Pablo.

La pobreza se manifiesta también en el amor y en el celo por el apostolado. El corazón de san Pablo estuvo lleno de amor a Jesucristo  y a las almas, todo él lleno de amor a la Iglesia: ¡y qué aporte dio a la Iglesia, si pudo decir: “He rendido más que todos”! (1Cor 15,10). En efecto, ¡cuánto sufrió, cuánto se fatigó! No quería ser un peso para nadie, y se ganaba el pan con el sudor de su frente, incluso con el trabajo material, a ejemplo de Jesús, a quien adoramos y admiramos en la casa de Nazaret.
El gran amor de san Pablo a las almas se expresa en “El amor de Cristo no nos deja escapatoria” (2Cor 5,14) que le empujaba a hacerse todo a todos. Sentía las necesidades de todos, las alegrías de todos, como lo dejó consignado en sus Cartas.

¿Amamos nosotros a las almas? Quienes no tienen celo por la propia alma, no podrán tenerlo por las almas del prójimo. En cambio, quienes están dispuestos incluso al sacrificio por amor a su alma, ciertamente desearán también la salvación del prójimo.

¿Comprendemos la misión paulina? Esta debe extenderse a todo y a todos. Es también la misión de Jesucristo: “Id por el mundo entero proclamando la buena noticia a toda la humanidad” (Mc 16,15). ¿Practicamos el apostolado de las ediciones, de la oración, del ejemplo, de las obras y de la palabra?

Si queremos el premio de san Pablo en el cielo, tenemos que seguir sus pasos, sus ejemplos. Pidamos que encienda nuestro corazón con su fuego.


III.   Actualización
La vida de nuestro gran Apóstol, su pasión por Cristo y por el Evangelio, su herencia espiritual transmitida en sus cartas, fue y sigue siendo de gran inspiración para la vivencia de la fe de muchos cristianos. A él se inspiró también otro Sucesor de Pedro, pronto beato, el Papa Pablo VI que así se expresaba en una  Homilía, el 29 de Noviembre de 1970 a Manila:
“¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy Apóstol y Testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo; Él es quien nos ha revelado al Dios Invisible, Él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en Él. Él es también el Maestro y Redentor de los hombres; Él nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del Universo; Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; Él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro Juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.
Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la Luz, la Verdad, más aún, el Camino, y la Verdad y la Vida; Él el Pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el Nuevo Reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos. (…)
¡JESUCRISTO! Recordadlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos.”

A partir de la experiencia extraordinaria y profunda de Pablo, para la reflexión personal:
Ø  El encuentro con Cristo y su Evangelio cambió radicalmente la existencia de Pablo.
Seguir a Cristo no es creer cosas sobre Jesús, sino creerle a él, vivir confiando en su persona, escuchar su voz, adherir a su persona…
      ¿Cuánto realmente escucho su voz, sin dejarme distraer y confundir por la moda, por las tradiciones, y miles de otras voces extrañas que no me conducen a una vida abundante? ¿Cómo me dejo inspirar en su estilo de vida para orientar mi existencia con lucidez y responsabilidad?
      ¿Qué hay en mí, en mi manera de pensar y obrar, de relacionarme con los demás y con el mundo, que necesita conversión, para ser más evangélica?

Ø  Para una relación viva con Jesús es necesario reavivar nuestra experiencia con él. Para que sea siempre más al centro de nuestra vida, hay que acogerlo vitalmente, sin caer en la rutina o en la superficialidad... sin quedarse o dejarse de aferrar al pasado...
      ¿Cómo es la situación de la fe en Jesús? La fe, en mi corazón, en nuestras comunidades o parroquias ¿se está reavivando o se va extinguiendo? ¿Cómo busco siempre nuevamente su rostro, su presencia viva, en todas las situaciones? ¿Cómo cultivo concretamente una relación viva y liberadora con Él? ¿Mi vida cristiana es un testimonio gozoso y atrayente para otros?

Ø  Con su ejemplo de paciencia en las pruebas, de perseverancia entre miles de dificultades y tribula-ciones, el Apóstol nos enseña a ser semejantes a Jesús, a imitar la paciencia sin límite del crucifijo.
      ¿Con que actitud interior llevo mi cruz? ¿Se vivir los momentos de prueba sin caer en la desesperación, en las lamentaciones y las quejas? ¿He aprendido y enseño a ofrecer todo para la salvación de la humanidad, unidos a la obra de Redención de Cristo?
      ¿Soy capaz de confiar en el Dios de toda consolación, a vivir con humildad y fe los sufrimien-tos, por amor a Cristo?  ¿Me entreno en la lucha espiritual, perseverando en hacer el bien, sin desanimarme?
      Pensando a mis pequeñas cruces y a las tribulaciones que vive hoy la humanidad, con renovada confianza, voy orando con Pablo:
"¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro"  (Rm 8,35-39). 

IV.   Oración  - Letanías en honor de san Pablo[5]

Amor de Dios Padre,                                                                         sálvanos
Gracia de nuestro Señor Jesucristo,                                            vivifícanos
Comunicación del Espíritu Santo                                            santifícanos
Bienaventurado Pablo,                                                  ruega por nosotros
Tú, que alcanzaste la misericordia de Dios,
Tú, en quien se manifestó el Hijo de Dios,
Tú, que fuiste un instrumento elegido por Cristo,
Tú, que fuiste nombrado predicador,
apóstol y maestro de los gentiles en la verdad,
Tú, cuya misión estuvo acompañada
de signos y prodigios,
Tú, que fuiste fiel ministro de la Iglesia,
Tú, que entregaste a los pueblos
el evangelio de Cristo y tú misma vida,
Tú, que llevabas a los cristianos en tu corazón
y en tus cadenas,
Tú, que fuiste crucificado con Cristo,
Tú, en quien Cristo vivía y actuaba,
Tú, a quien nada ni nadie podía separar del amor de Cristo,
Tú, que soportaste cárceles y tribulaciones,
Tú, que padeciste heridas y peligros,
Tú, que fuiste arrebatado al cielo, cuando aún vivías en este mundo,
Tú, que ensalzaste tu ministerio,
Tú, que esperaste confiado el premio por la misión cumplida,
Cordero de Dios, que convertiste a Pablo perseguidor,                                             perdónanos, Señor
Cordero de Dios, que premiaste a Pablo apóstol,                                                       escúchanos, Señor
Cordero de Dios, que glorificaste a Pablo mártir,                                                       ten misericordia de nosotros
V. Tú eres un instrumento elegido, apóstol san Pablo.
R. Anunciador de la verdad en el mundo entero.
V.      Oremos - Padre, elegiste al apóstol Pablo para predicar el evangelio a todos los pueblos: te rogamos que al celebrar su memoria experimentemos ante ti su protección. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

VI.        Bibliografía
Sagrada Biblia
Alberione, Santiago, El Apóstol Pablo Inspirador y Modelo, San Pablo, Roma 2008.
Santiago Alberione, Oraciones,  San Pablo, Roma 2007.
Pitta, A., Lettera al Filippesi. nuova versione, introduzione e commento,  Milano 2010



[1] Cf. A. Pitta, Lettera ai Filippesi, 67.
[2] Cf. A. Pitta, Lettera ai Filippesi, 318.

[3] Cf. Fragmento de la catequesis pronunciada por Benedicto XVI en audiencia general en la Plaza de San Pedro (Año dedicado a San Pablo) 19 de noviembre de 2008.

[4] Alberione, Santiago, El Apóstol Pablo Inspirador y Modelo, San Pablo, Roma 2008, 20.
[5] Alberione Santiago, Oraciones, 221. “Estas letanías tienen una historia heroica. Compuestas en Hankow (China) por un biblista italiano, a petición de los misioneros paulinos PP. Bertino y Canavero, fueron puestas en música el año 1944 en Shanghai por un arreglista amigo, y traídas a Italia por el P. Bertino, con texto y partituras originales, que ahora se conservan en el Archivo de la Sociedad de San Pablo”.

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