San
Pablo
un corazón lleno de amor por Cristo
un corazón lleno de amor por Cristo
Modelo de seguimiento
I.
La
Palabra de Dios
San Pablo es uno de los personajes más fascinantes del
NT. Toda su vida estuvo orientada por la fidelidad a Dios, pues antes de
encontrar a Jesucristo en el camino de Damasco él ya era un enamorado del Dios
de su pueblo, Israel (Fil 3,5-6). Este encuentro personal con Cristo ha
clarificado el sentido de su vida hasta el punto que lo lleva a decir: “todo es
pérdida, ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil 3,
8). San Pablo en la carta a los Filipenses deja ver que su corazón es el de una
persona enamorada de Cristo, a ninguna otra comunidad expresa sus sentimientos
como lo hace con esta pequeña comunidad que ha acogido el mensaje del Evangelio
(cf. Fil 2, 1-5).
El ejemplo de Cristo propuesto por Pablo
a la comunidad es el de seguir una vida coherente con el Evangelio ¡que es
Cristo mismo! no son ideas o contenidos abstractos, sino asumir una relación
vital con la muerte y resurrección de Cristo, el Señor. Así que estar en
comunión con Cristo es estar en comunión con el Evangelio y con quien lo
comunica (Fil 1, 5)[1].
Pablo sigue a Cristo con una fe activa y
dinámica en cualquier circunstancia y a pesar de las dificultades que la misión
presente ¡Él es su ejemplo! (Fil 1, 14). En la carta a los Filipenses, Pablo
alerta a los cristianos del peligro de encontrarse en medio de un mundo pagano,
quizás con la tentación de adherirse a otros señores (Fil 3, 20) cuyo estilo de
vida es diverso, pasajero y mundano. Por eso exhorta a los Filipenses diciendo:
“nada hagáis por ambición o por vana gloria, sino con humildad, considerando a
los demás como superiores a uno mismo” (Fil 2, 3)[2].
San Pablo ha asumido en su persona el
Señorío de Cristo y su vida misma es ejemplo para los Filipenses; para nosotros
paulinos y paulinas, el reto es seguir a Cristo y llegar a decir: “para mí la
vida es Cristo y la muerte una ganancia”
(1, 21).
Magisterio[3]
En el camino que
estamos recorriendo bajo la guía de san Pablo, queremos ahora detenernos en un
tema que está en el centro de las controversias del siglo de la Reforma: la
cuestión de la justificación. ¿Cómo llega a ser un hombre justo a los ojos de
Dios? Cuando Pablo encontró al resucitado en el camino de Damasco era un
hombre realizado: irreprensible en
cuanto a la justicia derivada de la Ley (cfr. Fil 3,6), superaba a muchos de sus coetáneos en la observancia
de las prescripciones mosaicas y era celoso en conservar las tradiciones de sus
padres (cfr. Gal 1,14).
La iluminación de Damasco le cambió radicalmente la existencia: comenzó a
considerar todos sus méritos, logros de una carrera religiosa integrísima, como
“basura” frente a la sublimidad del conocimiento de Jesucristo (cfr. Fil 3,8). La Carta a los
Filipenses nos ofrece un testimonio conmovedor del paso de Pablo de una
justicia fundada en la Ley y conseguida con la observancia de las obras
prescritas, a una justicia basada en la fe en Cristo: había comprendido que
cuanto hasta ahora le había parecido una ganancia, en realidad frente a Dios era una pérdida, y
había decidido por ello apostar toda su existencia en Jesucristo (cfr. Fil 3,7). El tesoro escondido en el
campo y la perla preciosa en cuya posesión invierte todo lo demás ya no eran
las obras de la Ley, sino Jesucristo, su Señor.
La relación entre
Pablo y el Resucitado llegó a ser tan profunda que le impulsó a afirmar que
Cristo no era solamente su vida, sino su vivir, hasta el punto de que para
poder alcanzarlo incluso la muerte era una ganancia (cfr. Fil 1,21). No es que
despreciase la vida, sino que había comprendido que para él el vivir ya no
tenía otro objetivo, y por tanto ya no tenía otro deseo que alcanzar a Cristo,
como en una competición atlética, para estar siempre con Él: el Resucitado se
había convertido en el principio y el fin de su existencia, el motivo y la meta
de su carrera. Sólo la preocupación por el crecimiento en la fe de aquellos a
los que había evangelizado y la solicitud por todas las Iglesias que había
fundado (cfr. 2Cor 11,28) le inducían
a desacelerar la carrera hacia su único Señor, para esperar a los discípulos,
para que pudieran correr a la meta con él. Si en la anterior observancia de la
Ley no tenía nada que reprocharse desde el punto de vista de la integridad
moral, una vez alcanzado por Cristo prefería no juzgarse a sí mismo (cfr. 1Cor 4,3-4), sino que se limitaba a
correr para conquistar a Aquél por el que había sido conquistado (cfr. Fil 3,12).
A causa de esta
experiencia personal de la relación con Jesús, Pablo coloca en el centro de su
Evangelio una irreducible oposición entre dos recorridos alternativos hacia la
justicia: uno construido sobre las obras de la Ley, el otro fundado sobre la
gracia de la fe en Cristo. La alternativa entre la justicia por las obras de la
Ley y la justicia por la fe en Cristo se convierte así en uno de los temas
dominantes que atraviesan sus cartas.
II. Palabra del Fundador
Decía
muy bien Mons. Jeremías Bonomelli (1831-1914): “Si conociéramos el bien que
hizo al mundo san Pablo, especialmente a nosotros los descendientes de los
gentiles, si leyéramos la vida, las obras, las cartas… ¡cuánto más le
rezaríamos, le amaríamos y le imitaríamos! De él aprenderíamos dos virtudes que
son el fundamento del cristianismo: el amor a Jesús y el amor que se dará a ver
en el celo por el prójimo”[4].
Celebremos
devotamente la fiesta de san Pablo el 30 de junio: será una buena ocasión para
dar a conocer al gran apóstol. Difundamos asimismo su imagen e invoquémosle
como protector de la Buena Prensa. Es también utilísimo explicar las Cartas de
san Pablo, al menos una vez. Se hace ya sustancialmente en algunas parroquias,
donde cada 5 ó 6 años, en vez del Evangelio, se le explica al pueblo la
epístola de la Misa: y la epístola es casi siempre un paso de las Cartas de san
Pablo.
La
pobreza se manifiesta también en el amor y en el celo por el apostolado. El
corazón de san Pablo estuvo lleno de amor a Jesucristo y a las almas, todo él lleno de amor a la
Iglesia: ¡y qué aporte dio a la Iglesia, si pudo decir: “He rendido más que
todos”! (1Cor 15,10). En efecto, ¡cuánto sufrió, cuánto se fatigó! No quería
ser un peso para nadie, y se ganaba el pan con el sudor de su frente, incluso
con el trabajo material, a ejemplo de Jesús, a quien adoramos y admiramos en la
casa de Nazaret.
El gran
amor de san Pablo a las almas se expresa en “El amor de Cristo no nos deja
escapatoria” (2Cor 5,14) que le empujaba a hacerse todo a todos. Sentía las
necesidades de todos, las alegrías de todos, como lo dejó consignado en sus
Cartas.
¿Amamos
nosotros a las almas? Quienes no tienen celo por la propia alma, no podrán
tenerlo por las almas del prójimo. En cambio, quienes están dispuestos incluso
al sacrificio por amor a su alma, ciertamente desearán también la salvación del
prójimo.
¿Comprendemos
la misión paulina? Esta debe extenderse a todo y a todos. Es también la misión
de Jesucristo: “Id por el mundo entero proclamando la buena noticia a toda la
humanidad” (Mc 16,15). ¿Practicamos el apostolado de las ediciones, de la
oración, del ejemplo, de las obras y de la palabra?
Si
queremos el premio de san Pablo en el cielo, tenemos que seguir sus pasos, sus
ejemplos. Pidamos que encienda nuestro corazón con su fuego.
III.
Actualización
La vida de nuestro
gran Apóstol, su pasión por Cristo y por el Evangelio, su herencia espiritual
transmitida en sus cartas, fue y sigue siendo de gran inspiración para la
vivencia de la fe de muchos cristianos. A él se inspiró también otro Sucesor de
Pedro, pronto beato, el Papa Pablo VI que así se expresaba en una Homilía, el 29 de Noviembre de 1970 a Manila:
“¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo
Cristo. Yo soy Apóstol y Testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto
más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo
predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo; Él es quien
nos ha revelado al Dios Invisible, Él es el primogénito de toda criatura, y
todo se mantiene en Él. Él es también el Maestro y Redentor de los hombres; Él
nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del
Universo; Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de
dolor y de esperanza; Él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente
nuestro Juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra
felicidad.
Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la Luz, la Verdad, más aún,
el Camino, y la Verdad y la Vida; Él el Pan y la fuente de agua viva que
satisface nuestra hambre y nuestra sed, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que
nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente.
Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el Nuevo Reino en el que los
pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia,
en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados,
en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los
pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos. (…)
¡JESUCRISTO! Recordadlo: Él es el
objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene
hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos.”
A partir de la experiencia
extraordinaria y profunda de Pablo, para la reflexión personal:
Ø El encuentro
con Cristo y su Evangelio cambió radicalmente la existencia de Pablo.
Seguir a Cristo no es
creer cosas sobre Jesús, sino creerle a él, vivir confiando en su persona,
escuchar su voz, adherir a su persona…
¿Cuánto realmente escucho su voz, sin dejarme distraer y
confundir por la moda, por las tradiciones, y miles de otras voces extrañas que
no me conducen a una vida abundante? ¿Cómo me dejo inspirar en su estilo de
vida para orientar mi existencia con lucidez y responsabilidad?
¿Qué hay en mí, en mi manera de pensar y obrar, de relacionarme
con los demás y con el mundo, que necesita conversión, para ser más evangélica?
Ø Para una
relación viva con Jesús es necesario reavivar nuestra experiencia con él. Para
que sea siempre más al centro de nuestra vida, hay que acogerlo vitalmente, sin
caer en la rutina o en la superficialidad... sin quedarse o dejarse de aferrar
al pasado...
¿Cómo es la situación de la fe en Jesús? La fe, en mi corazón,
en nuestras comunidades o parroquias ¿se está reavivando o se va extinguiendo?
¿Cómo busco siempre nuevamente su rostro, su presencia viva, en todas las
situaciones? ¿Cómo cultivo concretamente una relación viva y liberadora con Él?
¿Mi vida cristiana es un testimonio gozoso y atrayente para otros?
Ø Con su
ejemplo de paciencia en las pruebas, de perseverancia entre miles de
dificultades y tribula-ciones, el Apóstol nos enseña a ser semejantes a Jesús,
a imitar la paciencia sin límite del crucifijo.
¿Con que actitud interior llevo mi cruz? ¿Se vivir los momentos
de prueba sin caer en la desesperación, en las lamentaciones y las quejas? ¿He
aprendido y enseño a ofrecer todo para la salvación de la humanidad, unidos a
la obra de Redención de Cristo?
¿Soy capaz de confiar en el Dios de toda consolación, a vivir
con humildad y fe los sufrimien-tos, por amor a Cristo? ¿Me entreno en la lucha espiritual,
perseverando en hacer el bien, sin desanimarme?
Pensando a mis pequeñas cruces y a las tribulaciones que vive
hoy la humanidad, con renovada confianza, voy orando con Pablo:
"¿Quién
nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la
persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como
dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas
destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél
que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni
los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni
la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro"
(Rm 8,35-39).
Amor de Dios
Padre, sálvanos
Gracia de
nuestro Señor Jesucristo, vivifícanos
Comunicación
del Espíritu Santo santifícanos
Bienaventurado
Pablo, ruega por nosotros
Tú, que
alcanzaste la misericordia de Dios,
Tú, en quien
se manifestó el Hijo de Dios,
Tú, que
fuiste un instrumento elegido por Cristo,
Tú, que
fuiste nombrado predicador,
apóstol y maestro de los gentiles en la verdad,
apóstol y maestro de los gentiles en la verdad,
Tú, cuya
misión estuvo acompañada
de signos y prodigios,
de signos y prodigios,
Tú, que
fuiste fiel ministro de la Iglesia,
Tú, que
entregaste a los pueblos
el evangelio de Cristo y tú misma vida,
el evangelio de Cristo y tú misma vida,
Tú, que
llevabas a los cristianos en tu corazón
y en tus cadenas,
y en tus cadenas,
Tú, que
fuiste crucificado con Cristo,
Tú, en quien
Cristo vivía y actuaba,
Tú, a quien
nada ni nadie podía separar del amor de Cristo,
Tú, que
soportaste cárceles y tribulaciones,
Tú, que
padeciste heridas y peligros,
Tú, que
fuiste arrebatado al cielo, cuando aún vivías en este mundo,
Tú, que
ensalzaste tu ministerio,
Tú, que
esperaste confiado el premio por la misión cumplida,
Cordero de
Dios, que convertiste a Pablo perseguidor, perdónanos,
Señor
Cordero de
Dios, que premiaste a Pablo apóstol, escúchanos,
Señor
Cordero de
Dios, que glorificaste a Pablo mártir, ten misericordia de nosotros
V. Tú eres un
instrumento elegido, apóstol san Pablo.
R. Anunciador
de la verdad en el mundo entero.
V.
Oremos - Padre, elegiste al apóstol Pablo para predicar el evangelio a todos los
pueblos: te rogamos que al celebrar su memoria experimentemos ante ti su
protección. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
VI.
Bibliografía
Sagrada Biblia
Alberione, Santiago, El
Apóstol Pablo Inspirador y Modelo, San Pablo, Roma 2008.
Santiago Alberione, Oraciones, San Pablo, Roma
2007.
Pitta, A., Lettera al Filippesi.
nuova versione, introduzione e commento,
Milano 2010
[3] Cf.
Fragmento de la catequesis pronunciada por Benedicto XVI en audiencia general
en la Plaza de San Pedro (Año dedicado a San Pablo) 19 de noviembre de 2008.
[5] Alberione Santiago,
Oraciones, 221. “Estas letanías tienen una
historia heroica. Compuestas en Hankow (China) por un biblista italiano, a
petición de los misioneros paulinos PP. Bertino y Canavero, fueron puestas en
música el año 1944 en Shanghai por un arreglista amigo, y traídas a Italia por
el P. Bertino, con texto y partituras originales, que ahora se conservan en el
Archivo de la Sociedad de San Pablo”.

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